Te
sufrí, agonizante, con mis brazos
anudados
a tu perenne cadencia,
colmado
en anhelos de lograrte,
en
inquietante momento, sostenido
grana
de espora de sangre
y
de amapola, breve azahar
de
primavera que te amé
siempre
... en un entonces habituado
a creerte
cálido y fugaz,
inmensamente
eterno,
tiempo.
Te sentí, moribundos los dos,
en los brazos del alba
reinventado por instantes,
futuro.
Te persigo ahora, enorme,
inquieto, como única pasión
del yo ante el mundo,
silencio.
Te ausentas siempre, intangible
en la ansiedad fiel que a ti me une
entre anhelos de poseerte,
soledad.
Te confundo en el presente,
no sé si eres tú, ahora, quien mimoso
me abrasa el corazón,
deseo.
He creído sentir el lamento
mismo del futuro en mis oídos.
Ante los ojos no hay luz,
ni sombras, ni tinieblas ...
ni siquiera nada.
Otra vez el sueño pétreo,
lo imposible y lo certero,
otra vez, en iterativo septiembre,
me intimida tu constancia,
muerte.
Ni tú, hoy, enarbolada
al mástil de lo infinito,
hechicera de inéditos matices,
de mi vida siempre sanadora,
ni en la innombrable enésima
circunstancia de la belleza,
sabrás dejar sobre mi herida
la ira o el desamor de la palabra,
poesía.
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