martes, 9 de agosto de 2011

¡ Es fácil perderse !


¡ Es fácil perderse !

¿ No has sentido estremecerse el tiempo ?
Me he perdido en un dolor infinito,
que no se agota,
que resiste más allá de las lágrimas
con las que intento sofocarlo.

Otra vez  el silencio,
otra vez esa aguda sensación…
… ahogándome.
¿ Eres tú ?

Vuelvo a perderme en la maraña
asustada de mi cariño por ti.
¡ No !... aún puedo sentir tu mano,
olfateo el aire e intento atraparlo…

Jamás supe decirlo
y me pierdo nuevamente en suspiros.

Yo sí he sentido estremecerse el tiempo,
cada momento me aprisiona más…
y tú… allá donde miro, apareces
más necesaria que bella,
más vida, más todo, más tú…

Nuevamente me siento perdido…
…se asoma la sombra de la demencia
a mis ojos sofocados
y en mis manos, tras el sueño,
sólo la huella de tu ausencia.

Congo, inicios de una novela.


Congo. Ensayo de novela. Preliminares

Allí tan lejos, en el corazón hirviente de la selva africana, el silencio del atardecer era roto tan solo por la recogida de los pájaros cala-huris en la copa misma de los árboles.
La soledad perdida en el horizonte mantenía inquietas a las fieras salvajes.
Al partir, Myriam dijo adiós con una mano apoyada en su jeep camuflado con ramas. De perfil, le asomaba su naricilla respingona, bajo una gorrilla beige que le daba un especial atractivo. Los culottes también de color beige le caían largos, aunque se le adivinaban unas leves rodillas al andar. Mientras se despedía, se acariciaba el cuello con un gesto involuntario que hacía abrir los ojos grandemente a los nativos quienes, acostumbrados a la desnudez de sus mujeres, se estiraban por si veían el fin de aquel cuello blanco que se escondía bajo una abotonadura de bronce semicerrada.
Conrad se perdió también durante unos instantes en aquella visión que le hizo suspirar profunda y silenciosamente.
-Echaré de menos este silencio, -exclamó Myriam mientras hacía un nuevo amago de subir al coche -.
- Mañana. Sería mejor esperar a mañana, - decía Conrad con una mano en la frente y mirando el cielo gris de la tarde -. No me gusta nada este silencio de hoy. Es distinto, Myriam.
De un salto cómodo, Myriam había subido ya al asiento de conductor de su jeep. Con una breve sonrisa en los labios y en un gracioso gesto de sus ojos invitó a Conrad a subir también.
- Aquí no hay nada que sea distinto, Conrad. Necesitas descansar. Reclínate y duerme durante el viaje. Te despertaré cuando lleguemos.
Conrad no habló. Fijó su mirada en el camino, intentando descubrir el porqué de sus sensaciones.
En unos instantes, sólo se adivinaban ya las oscuras figuras de los nativos, aún estáticos ante la belleza de Myriam, que se perdía entre una columna de polvo blanco que hacía aún más gris la tarde.
Atrás, el polvo y los árboles milenarios. Arriba, ese cielo que no le gustaba a Conrad y, por delante, el silencio que tanto amaba Myriam... y el camino, sólo el camino.