sábado, 9 de julio de 2011

SIN CORAZÓN



            Le salvé cuando las campanas de la iglesia daban las diez de la mañana. Aquel camión de basura estuvo a punto de llevársela entre las bolsas que, junto a una farola de hierro forjado, se apilaban ocupando parte del acerado.

            Sobre ellas, semioculta por restos de una caja de cartón de algún electrodoméstico ultramoderno (superrobot  combi multifunción Next-400, creo que decía), estaba ella.

            No alcanzaba a comprender cómo una multitud de personas había pasado por su lado sin inmutarse; en el mejor de los casos, le dedicaban una rápida mirada de curiosidad, sin apenas plasmar en su rostro el menor sentimiento.

            Se oían ecos de villancicos y las tiendas, desmesuradamente adornadas de guirnaldas y lucecitas intermitentes, presentaban - milimétricos- sus escaparates ordenados, con los artículos tan estudiadamente preparados que daba la impresión que todo lo que allí había era, precisamente, todo lo que a uno le hacía falta. La gente se amontonaba ante ellos y esgrimían una gran sonrisa de poder cuando alcanzaban los primeros lugares, cerca del cristal frío y comentaban en voz alta los detalles y los precios, como queriendo dar envidia a los que desde atrás, como yo, por su estatura, no llegábamos a ver más que las burdas imitaciones de piel de visón de los tapacuellos de los maniquíes más altos, como inmóviles marquesas de exposición.

            Y ella allí, sobre la acera mojada, semidescalza, con los calcetines rotos y sucios, presenciando cómo centenares de pies le amenazaban con pisarle una pierna, un brazo…hasta la mismísima cabeza.

            Una chiquilla le clavó la mirada en un instante. Tenía un rubio teñido al estilo Marylin y un vestidito azul, de encajes de puntillé en el pecho, bajo un grueso abrigo negro de nacarados y grandes botones. Soltó la mano de su madre y, con extrema curiosidad, se acercaba lentamente hacia ella. No sabía qué hacer. Se le notó triste. No lloró. Ante ella, sin aproximarse del todo, la observaba con pena. No se fijó en aquella ropa hecha jirones, ni en aquellas carnes, resquebrajadas por el tiempo y el frío, que acumulaban suciedad. Se detuvo simplemente en su mirada fija, absorta, que no rogaba compasión ni pena. Analizó aquellos ojos profundos, oscuros, inmóviles, cuyas largas pestañas se curvaban bruscamente hacia el cielo gris, como si hiciera esfuerzos por soportar el peso de sus párpados hinchados, como buscando una mano salvadora.

-          ¡ Celia ! retírate de ahí inmediatamente, le increpó su madre con seriedad y ella, la niña de los encajes y del rubio teñido, dio dos pasos hacia atrás, lentamente, sin volver la cabeza.

            De vez en cuando, Celia giraba la cabeza tímidamente y comprobaba que aquel cuerpecito seguía allí en el suelo, semidesnudo, inverosímilmente ignorado por el mundo, ajusticiado por los signos evidentes de un anónimo abandono.

            Sentí horror, aceleré el paso para socorrerle y, a medida que me acercaba, iba descubriendo los trágicos detalles de aquel cuerpo. No tendría más de tres años, ¡dios mío!. Los dedos de su mano izquierda, totalmente rígidos, no daban la sensación de dolor, a pesar de que tenía el brazo completamente desprendido de su hombro. Se notaba perfectamente cómo la articulación se le había desplazado hacia abajo. En su cuello habían profundas marcas de estrangulamiento. ¡ Qué extraña sensación me produjo al levantarla del suelo ! Tenía arañazos en la espalda, en las piernas, en la cara… y sus cabellos, de puro estropajo, evidenciaban el salvaje ensañamiento de alguien que, antes de abandonarla, le arrancó mechones completos. ¡ A saber qué violentos arrebatos le produjeron aquellas heridas !

            A pesar de todo, permanecía en su rostro una patente sonrisa, como desafiando el dolor. La sonrisa de la impotencia, de la soledad, del destino. Estoy seguro que esa fue la causa del ensañamiento. Alguien le habría dicho que ya no le quería, que se había hartado de ella… ¡ Sí, eso fue ! Estoy convencido de que su perenne sonrisa fue el detonante de aquella  supuesta histeria…

            Por eso, yo no lloré y comprendí por qué tampoco lo hizo la niña del vestidito azul y los encajes. Celia tuvo que adivinar, ante aquellas horrorosas imágenes, la razón de su lamentable estado. Creo recordar ahora cómo Celia intercambiaba, sutilmente, una sonrisa de complicidad con ella. ¡ Era la prueba evidente del triunfo de la inocencia !

            No, ella no sufrió, ni siquiera se defendió de aquellos ataques, permanecería inmóvil  -como siempre habría estado- e impasible ante tales agresiones. No, ella no sintió nada, ni la más mínima sensación de dolor, ni el menor sentimiento de rabia… Me imagino, ahora, la impotencia de quien intentó estrangularla inútilmente para borrarle aquella sonrisa…
           
            Definitivamente, ella no sufrió. La soledad y el desencanto se viven apaciblemente.

            La cogí en mis brazos con cuidado. Le levanté el vestido por la parte de la espalda. Con una ligera presión hacia adentro logré abrirle el mecanismo. Le quité las pilas, se las coloqué a mi walkman y puse mi cinta de Camarón.

            Eran las diez y cuarto. Hacía frío. En la calle seguía sonando aquella música navideña y la gente continuaba agolpándose ante los escaparates.

            Volví la vista. Allí estaba ella, tal como yo la había dejado, sentada sobre el pretil de una pequeña ventana, ofreciendo su eterna sonrisa al mundo.

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